Donde se gestiona el riesgo (y donde no): cómo están invirtiendo hoy las grandes fortunas
- by Anna Olsina, experta en banca y finanzas

- hace 2 días
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Durante años, la industria de gestión patrimonial ha tendido a simplificar la construcción de carteras en torno a grandes bloques: renta variable para crecer, renta fija para estabilizar. Ese marco, cómodo y ampliamente aceptado, ha dejado de reflejar cómo se invierte hoy el capital sofisticado.
El cambio no es cosmético. Es conceptual.
Las grandes fortunas ya no están redefiniendo sus carteras en función de qué activos comprar, sino de qué riesgo pueden gestionar y cuál deben aceptar. Y en esa distinción —aparentemente sutil— está la clave de lo que está ocurriendo.
Porque no todo el riesgo es igual. Ni, sobre todo, se gestiona de la misma manera.
La volatilidad, que durante años se ha tratado como un subproducto inevitable de los mercados, ha pasado a ser una variable central de diseño. Pero conviene no confundir términos: la volatilidad solo puede gestionarse allí donde existe precio, liquidez y capacidad de actuación. Es decir, en los activos líquidos.
Es ahí donde el inversor puede reducir exposición, cubrir riesgos o ajustar el posicionamiento cuando el entorno cambia. Es ahí donde el riesgo es dinámico y, por tanto, gestionable.
Todo lo demás responde a otra lógica.
Los activos ilíquidos —private equity, deuda privada, infraestructuras o inmobiliario— no permiten gestionar el riesgo en tiempo real. No porque sean más seguros, sino porque su naturaleza es distinta. No hay precio diario, no hay salida inmediata, no hay ajuste táctico posible.
Lo que ofrecen es otra cosa: menor correlación con los mercados cotizados, acceso a primas de rentabilidad y un horizonte de inversión que obliga a pensar —y a actuar— a largo plazo.
Esta forma de estructurar carteras no es una innovación reciente. Lleva años aplicándose en modelos institucionales. El fondo soberano noruego, bajo la dirección de Nicolai Tangen en Norges Bank Investment Management, separa claramente el riesgo que puede gestionarse del que simplemente se asume. El modelo de la Yale Endowment, desarrollado por David Swensen, hizo de esa distinción un estándar. Y voces como Howard Marks llevan años recordando que la iliquidez no elimina el riesgo, solo lo transforma.
Lo relevante es que este enfoque ha dejado de ser exclusivo de grandes instituciones. Es, cada vez más, el modelo que están adoptando las grandes fortunas.
También es el que estamos aplicando en Diaphanum SV: una separación clara entre un bloque líquido —donde se gestiona activamente la volatilidad— y un bloque ilíquido, diseñado para capturar rentabilidad a largo plazo con menor dependencia del mercado.
En la práctica, esto se traduce en aislar una parte relevante del patrimonio —en torno a un 20% o más— en activos ilíquidos. No para reducir el riesgo en términos absolutos, sino para cambiar su naturaleza: menos expuesto al ruido de mercado, más condicionado por el tiempo.
Dentro de este bloque, el real estate ocupa una posición particular. No tanto por su naturaleza —es, en esencia, otro activo real— como por la forma en que se incorpora a las carteras.
Porque, a diferencia de otros activos alternativos, el inmobiliario puede adoptarse de distintas maneras: desde la inversión directa en activos hasta la participación en fondos o estructuras gestionadas. Y esa diferencia no es menor.
La inversión directa ofrece control, visibilidad sobre el activo y, en muchos casos, una mayor vinculación patrimonial. Pero también implica concentración, menor diversificación y una iliquidez más acusada. Por el contrario, el acceso a través de fondos o vehículos especializados permite diversificar, profesionalizar la gestión y acceder a segmentos difíciles de alcanzar de forma individual —como logística, residencial en alquiler o activos vinculados a la economía digital—, aunque a costa de perder control directo sobre la inversión.
En ambos casos, su función dentro de la cartera es la misma: aportar exposición a activos reales, generar flujos recurrentes y diversificar frente a los mercados financieros. Pero conviene no confundir su papel. El real estate, como el resto de activos ilíquidos, no está diseñado para gestionar la volatilidad ni para aportar liquidez en momentos de tensión.
Su aportación es otra: introducir una fuente de rentabilidad menos dependiente del mercado cotizado y obligar al inversor a adoptar un horizonte más largo. Es, en definitiva, una herramienta de disciplina más que de flexibilidad.
En un entorno donde la incertidumbre ha dejado de ser episódica para convertirse en estructural, esta distinción deja de ser académica. Es operativa.
Las grandes fortunas lo han entendido. Por eso no están reduciendo el riesgo, sino reorganizándolo. Separando lo que puede gestionarse de lo que debe sostenerse. Diferenciando entre liquidez y horizonte. Entre volatilidad y paciencia.
Porque, en el fondo, invertir sigue siendo lo mismo que siempre: asumir incertidumbre. La diferencia es que ahora se hace con mayor claridad sobre dónde empieza —y dónde termina— la capacidad de controlarla.



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